108 y un quemado: El origen de la implacable persecución a homosexuales en Paraguay

Una explosión seguida de incendio en la madrugada segó la vida de Bernardo Aranda el martes 1 de septiembre de 1959, en el barrio Obrero de Asunción. La muerte nunca aclarada del radialista rockero dio origen a la más dura persecución contra los gays en Paraguay y también acuñó el controvertido número 108 asociado a este colectivo.

Por Luis López Nery Huerta

Jorgito subió al auto de su papá e hizo lo posible por disimular las lágrimas. Los nenes no lloran, pensó, respiró hondo y saludó con “voz de hombre”. Así me gusta mi hijo, respondió el papá, orgulloso. A todos sus amigos les habla emocionado de su hijo varón, después de cuatro nenas. Este va a ser jugador de fútbol, un poro’ucho, le van a llover las “pendejas”, repite excitado cada vez que habla de su “machito”.

Jorgito sonríe nomás, pero por dentro siente que algo se quiebra cada vez que lo escucha. Si papá sabe me va a romper la cara, piensa, y ya tiene suficiente con sus compañeros de colegio. Él no se puede enterar. Por suerte no le interesa demasiado ni me pregunta cómo van las cosas en el cole, a él solo le interesa que llegue a jugar en Europa. Por suerte ni mira mis cuadernos. Jorgito abre su mochila y saca un libro cuya tapa se sostiene ya solo por un pequeño hilo de pegamento. Con la tapa colgando de ese hilo logra ocultar lo que está escrito en la primera página. Aunque no entiende el porqué, sabe perfectamente lo que significa. Dice “puto 108”.

A lo largo de la historia de la humanidad, los números han llevado una carga simbólica intrínseca. El siete es el número del Dios judeocristiano. El 13 está ligado a la mala suerte. El 33 está siempre relacionado con la masonería. Pero en nuestro país, pocos de estos números están tan arraigados con su significado como el 108.

La gente lo eliminó de sus casas, de sus autos, de las habitaciones de hotel. Se olvidaron de dónde proviene, pero hoy sigue siendo una ofensa”, decía la fallecida directora Renate Costa Perdomo en su documental “108 Cuchillo de Palo”, de 2010 en el que explora la vida de su tío Rodolfo y la persecución a los homosexuales en la dictadura de Stroessner. El origen del significado que se dio en Paraguay a este número está íntimamente relacionado con ese periodo de la historia reciente.

Se trata de la persecución más grande y más atroz que sufrió este colectivo durante la historia del Paraguay. Y cuando hablamos de persecución, esta no se limita solamente a la impuesta por el régimen dictatorial, sino también por los medios de comunicación de la época, que, aprovechándose de la estricta moral cristiana que regía, desató el morbo que se esparció como reguero de pólvora y sacudió a la sociedad asuncena de entonces. 

EL ASESINATO DE BERNARDO ARANDA

En su libro “108 y un quemado. ¿Quién mató a Bernardo Aranda? de Armando Almada Roche, periodista, actor, dibujante, cantante y bailarín formoseño de padres paraguayos, que además fue compañero de trabajo de Aranda en los años previos a su asesinato, cuenta en detalle muchos hechos que vivió de primera mano, incluso la noche del primero de setiembre de 1959.

“Eran las 1:15 de la madrugada cuando Bernardo Aranda llegó a su casa en su moto Harley Davidson”, cuenta Almada Roche, quien en ese entonces se desempeñaba como operador en la radio ZP9 Comuneros, que quedaba en la misma casa donde Aranda alquilaba un pequeño espacio. Según el relato de Almada Roche, esa noche en la que lo iban a matar “Bernardo Aranda estuvo en el cumpleaños de una amiga y luego se fue, con unos amigos, a cenar al Bar Carioca”.

A su llegada a la casa, “dejó su moto en el corredor, en el lugar de costumbre, y después fue a la radio, que quedaba pared de por medio, a buscar un disco”, continúa relatando Almada, quien esa misma noche estaba de guardia en la radio y le entregó a su amigo el “long play” de “Al compás del reloj” de Bill Halley y sus cometas.

“Ojalá que esta noche termine como Casablanca”, le dijo Aranda y volvió a su casa. Lo último que Almada Roche escuchó de su amigo, fue algo que le llamó la atención. “Al rato sentí que el viento traía los furiosos compases de un rock and roll”, cuenta en su libro. “En seguida se le van a quejar los vecinos”, se dijo.

Su relato nos traslada a 45 minutos de ese último contacto, alrededor de las 2 de la madrugada de ese martes 1 de setiembre de 1959, momento en el que doña Lidia Aranda, la propietaria de la vivienda que tenía su habitación en el fondo “escuchó una explosión y salió a ver lo que pasaba”, cuenta Almada en su libro. “Golpeó la puerta y lo llamó varias veces a Bernardo”, relata, pero ya nadie contestó.

Cama del radialista Bernardo Aranda, asesinado y quemado el 1 de septiembre de 1959, dando origen al famoso “caso 108”, que sacudió al país al comienzo del régimen de Stroessner.

“Entonces ella fue corriendo hasta la radio a avisar a Juan Bernabé”, protector y patrón de Bernardo en la radio, “quien se levantó rápido y al pasar por el estudio me pidió que lo acompañara”, recuerda Almada Roche. “Juan (Bernabé), Lidia (Álvarez) y yo (Armando Almada Roche) llegamos a la carrera hasta la casa de Aranda, y encontramos la puerta cerrada y vimos que salía humo por los agujeros. Juan empujó con fuerza la puerta, varias veces, y logró abrirla. Un golpe de fuego salió a recibirnos y casi nos tiró al suelo. Entonces vimos un espectáculo monstruoso. Las paredes, el ropero, los cuadros, el tocadiscos, el ventilador, la cama y el cuerpo de Bernardo Aranda se hallaban totalmente el llamas”. 

Bernardo Aranda tenía 27 anos cuando fue asesinado; era locutor, bailarín y uno de los primeros en promocionar el rock en el país.

Almada Roche cuenta que Bernardo había nacido un 12 de marzo de 1933 en la ciudad de Arroyos y Esteros y que era el hijo menor de siete hermanos: cuatro varones y tres mujeres. “Su madre, Catalina Valdes de Aranda, los estaba criando a todos ya que su padre los abandonó siendo muy chicos”. Almada Roche describe a Bernardo como alguien que “desde su juventud ha sentido profundamente que la vida fácil no es la mejor. Era ambicioso y nunca se daba por vencido y con su profesión, locutor, buscaba el aplauso del público. Parece haberse fijado un plan de vida de etapas precisas y las iba cumpliendo”, señala Almada Roche.

UNA SEMANA ANTES DE LA BODA

En su libro, recoge testimonios como el de la novia de Bernardo, Perla Miño quien confiesa: “nos íbamos a casar dentro de una semana. Pensábamos vivir en Buenos Aires. La mala junta fue su perdición. Si se hubiera quedado en casa no lo hubieran matado”. Miño, quien como Almada, vive en Buenos Aires desde hace algunos años, le contó que le advirtió “que no se metiera en líos, y él le sonrió mostrándole sus hermosos dientes y le dijo: “Faltan pocos días para que estemos juntos para siempre”.

Cuenta Almada que en aquel entonces “se pasaba por las radios la publicidad de una máquina de coser norteamericana, la New Yorker, que distribuía una conocida firma asuncena. La propaganda cantada decía: “Para coser hay una máquina sensacional, para bordar hay una máquina sensacional, cose para adelante, cose para atrás, es la New Yorker, no existe otra igual…” “Cuando pasaba por las calles los muchachos se lo cantaban en clara alusión a su sexualidad”. 

Hablamos de principios de los años 60, que Almada recuerda como la década de “una nueva generación de paraguayos que tenían entre 20 y 26 años de edad. Estaba recién instalada la Revolución Cubana, luego llegarían The Beatles y la revolución del Rock and Roll”. “Ya habían llegado Bill Halley y Elvis Presley”.

La juventud de entonces, acusada de ser “vagos”, eran en realidad “los ingeniosos y rebeldes hijos de una nación aplastada por la dictadura; y que aunque venían de hogares pobres, habían podido estudiar”. “El estado paraguayo había instaurado una dictadura. Llevaba un lustro conviviendo con la mafia del narcotráfico, con los generales corruptos, con el bandolerismo del partido único”, acota Almada.

Los generales “empezaban a enriquecerse con el contrabando de drogas de la mano del francés Ricord”. En 1955, apenas 4 años antes, “el dictador había promulgado la ley de Defensa de la democracia, mediante la cual podía evitar o reprimir cualquier manifestación popular contra el gobierno, bajo el pretexto del comunismo”. 

Ese era el ambiente, descrito por Almada Roche, en el que se dieron los sucesos que desembocaron, tras la muerte de Aranda, en el conocido “caso 108”.

ENCUBRIMIENTO Y REPRESIÓN

El cruento episodio, ocurrido en el barrio obrero, en la casa ubicada en Estados Unidos y Novena Proyectada, tuvo consecuencias nefastas. Una mezcla entre el morbo del público asunceno de la época, el intento despiadado de la prensa por satisfacer ese morbo. La inutilidad la policía estronista para realizar los procedimientos sin recurrir a la violación de los derechos humanos y lo que se sospecha también, la posible implicancia de una persona ligada directamente con el gobierno, fueron el cóctel perfecto para el desastre. 

Abundaban las caricaturas, como esta, que se burlaban del crimen, ocurrido hace más de seis décadas.

Desde el primer instante, el terrible suceso llamó la atención de una sociedad aletargada por la dictadura. Títulos sensacionalistas, textos todavía más atrevidos, llenaron las páginas de los periódicos. Uno de ellos recoge un supuesto testimonio de su prometida, Perla Miño (página 92 del libro “108 y un quemado, quien mató a Bernardo Aranda”): “Bernardo se quejaba siempre de un hombre, que lo ayudaba en lo profesional y en lo económico, que lo acosaba para que mantuviera relaciones sexuales con él. Nunca quiso decirme su nombre, pero yo lo conocía. Es más, todo el mundo lo conoce. En más de una ocasión llegó a mi casa, en un coche importado, y le tocó la bocina insistentemente y Bernardo salió apurado, se subió al auto y se fue con él”, recoge un recorte periodístico de la época. 

El escritor Armando Almada Roche escribió este importante libro relatando el crimen que dio origen al denominado “caso 108”

Otro título recogido por el libro de Almada Roche (pág. 97), habla de “La más completa investigación judicial, médica y policia, se desarrolla en torno al misterio que rodea a la muerte de Bernardo Aranda, protegido y empleado del poderoso empresario de la radiotelefonía paraguaya Juan Bernabé Apodaca. El País, principal medio que siguió el caso, prometía que “La opinión pública no quedará defraudada”. 

La falta de respuestas dio pie pronto a todo tipo de conjeturas, alimentadas por las preguntas del público y las suposiciones de la prensa de la época. Pronto, las hipótesis empezaron a girar en torno a una palabra hoy en desuso pero que entonces estaba en auge: invertido, refiriéndose a las personas homosexuales. 

Fotografía de la habitación de Bernardo Aranda.

En una publicación del diario El País, trascrito en el libro de Almada (pág. , escribían; “En ese sentido se desarrolla un intenso trabajo en reunir datos, pruebas y con ellos hacer una historia personal de Bernardo Aranda, conociendo sus relaciones sociales con invertidos y los problemas que tenía”. Y continúa diciendo: “Hasta ahora no se ha practicado ninguna detención preventiva, aunque el principal sospechoso, se dice, se supone, es Juan Bernabé Apodaca, su patrón, protector y dueño de radio Comuneros”.

El morbo llegó a tal punto que pronto surgieron las conjeturas de los lectores de estos periódicos, a los que estos medios dieron amplio destaque, como si de opiniones valederas se trataran y que no hicieron más que reflejar la discriminación imperante en la época. 

En su edición del viernes 18 de setiembre de 1959, trascrita en el libro de Almada Roche, un lector que firma con el nombre Amadeo Carvallo pide al director del medio que “inicie una campaña tenaz contra los “amorales” obrando con toda energía para extirpar de este mal que aqueja a la sociedad”. Arrogándose la voz del pueblo paraguayo, “cuyo timbre de orgullo ha sido siempre el de sus valores morales y ser, por sobre todas las cosas hombres de verdad y buen padre de familia”. Y concluye diciendo que “por culpa de estos “amorales” la familia paraguaya está en peligro”.

Caricatura de la época sobre el “desfile de los 108” realizado en Asunción.

El mote de 108 surge de un conocido título de los diarios de la época que señalaba que “108 personas de dudosa conducta moral están siendo interrogadas”, en lo que catalogaron como una “intensa acción policial en búsqueda de resultados”,  pero que en realidad parecía tratarse de lo que hoy conocemos comúnmente como “cortina de humo”, práctica bastante común de las fuerzas de seguridad cuando no puede o no quiere encontrar a los verdaderos responsables de un crimen. 

El artículo periodístico continúa “inusitado movimiento y despliegue se notó anoche en la seccional 4° y en el local de la dirección de vigilancia y delitos. Frenadas bruscas de los vehículos que llegaban y el ruido de arranque de los que salían, daba la impresión de que se estaba ante una dramática pero decidida acción policial”. Continúa: “La situación de Asunción se ha vuelto caótica, se ha convertido en un territorio minado por el miedo, las detenciones no cesan todo el mundo vive con temor a ser interrogado y el director de la ZP9 considera su situación “más grave de lo que podría pensarse”.

Afiche promocional de la obra teatral basada en el famoso crimen de los “108”

FRAGMENTO DE LA OBRA “108 Y UN QUEMADO”, DE AGUSTÍN NÚÑEZ

-Rubén, volá de acá. Desaparecé. Hacete humo.

-¿Pero qué pasa, por favor?

-Acaba de contarme un amigo mío, un correligionario vinculado a investigaciones, que van a venir por Rubén. No quiero que de esto se entere Ismael, por lo menos cuentenle cuando Rubén esté a salvo.

-Pero, ¿qué pasa?, ¿por qué?

-Dicen que sos puto. Que sos maricón. Te están asociando con la muerte de Bernardo Aranda.

En su libro “¿Quién mató a Bernardo Aranda?”, Armando Almada Roche compara esos momentos de la dictadura estronista con la cacería de brujas. “Un denigrante y vergonzoso hecho que sufrió el grupo de las 108  personas que fueron detenidas fue el desfile que organizó la policía frente al colegio Las Teresas. El objetivo era mostrar a las chicas, alumnas de este prestigioso colegio religioso y a quienes les interese, quiénes eran estos 108 hombres.

Había familiares, parientes, novios, amigos de estas estudiantes”, asegura Almada. Continúa contando que “en las redadas se llevaron al principio a homosexuales, pero luego entró en la lista otra gente que de alguna manera simplemente tenía algún vínculo con estas personas”.

No contentos con este grotesco espectáculo, digno de la Alemania Nazi, los “108” fueron subidos a un camión y “paseados” por calle Palma, entonces epicentro de las actividades juveniles. ”Tenían la cabeza rapada y estaban casi desnudos. La policía los hizo desfilar en un camión descubierto para que la gente los viera”, recuerda Almada. “Esto dio muy buen resultado para la dictadura, que se caracterizaba por la represión psicológica y física. Era una forma de sembrar la autocensura, auto represión, concluye. 

EL ENTIERRO DE BERNARDO

Lejos de las luces de los medios, el entierro de Bernardo fue sencillo y familiar. Almada Roche, como su amigo estuvo presente y cuenta que fue “en el cementerio del sur, en medio de viejas lápidas, tumbas y algunos panteones cerca de la vereda del otro lado del panteón. Su madre y sus hermanos lo despidieron con solemnidad y llantos. Un cura estaba de pie junto a la tumba y sostenía un papel”. Entre sus palabras, el cura dijo que a pesar de que Bernardo “cayó en la tentación de Satanás, eso ya no importa porque Dios perdonó sus pecados y lo recibiría en su trono”. 

CARTA DE UN AMORAL Y EL LEGADO DEL CASO 108

El 30 de setiembre de 1959 apareció una carta anónima que iba dirigida a los periodistas que cubrían el crímen increpándolos acerca de la manera en que lo hacían, principalmente por su lenguaje discriminatorio hacia los homosexuales. El texto se titula: “La carta de un Amoral”, en clara alusión al término utilizado por los periodistas de la época y por la sociedad en su conjunto, al referirse a los homosexuales.

En su exposición, el anónimo reclama el uso de expresiones como lacra social y reclama el derecho de cada uno a vivir su intimidad como le plazca. “Nosotros seguimos una vocación que es tan antigua como la propia humanidad y en este siglo de consagración de todos los derechos humanos, nadie puede negarnos el derecho de hacer de nosotros mismos, de nuestro continente físico lo que queremos, sin incomodar a otros que no quieran hacer lo mismo”.

Concluye la carta diciendo: “Los moralistas de El País están errados, porque en esta materia no existe moral colectiva, sino moral individual, y nosotros somos individualistas por principios filosóficos. Si persisten en el error, perderán el tiempo y nosotros no perderemos nada”.

Réplica. “Carta de un amoral”, enviado al director del periódico de la época que había publicado un seguimiento morboso del caso.

Tanto la carta como el propio número 108 hoy son rescatados por las organizaciones de lucha por los derechos LGTBI, cobrando un nuevo e importante significado como “una de las primeras expresiones públicas encontradas, desde la disidencia sexual ante la doble moral social, en el contexto de la dictadura en Paraguay“ La memoria de la acción de una persona anónima que se atrevió a escribir una defensa del derecho a sentir, a decidir sobre su cuerpo y su sexualidad, en aquel contexto de persecución a quienes pensaban, sentían, amaban y eran diferentes a lo impuesto por la dictadura.(108Memorias.com)

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